Más allá de lo peor

Cristo del Gran Poder

Esta imagen, el "Cristo de la Humildad y la Paciencia", "Cristo de La Piedra fría", "Gran Poder de Dios"; representa el momento de soledad, dolor, suplicio y profunda reflexión, en el que Jesús se encuentra en ese momento, después de haber sido flagelado hasta la extenuación y tratado de la peor manera posible. 

Lo dejan solo, arrinconado, sangrando, humillado, triste, agotado ...a la espera de el largo camino hacia el Gólgota, a las afueras de Jerusalén, cargando la cruz en la que sería crucificado. 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 11, 28-30

En aquel tiempo, Jesús tomó la palabra y dijo:
«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.

Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera»
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Llama la atención, dentro de toda la tragedia, la tremenda serenidad y profundo sentir en el que está sumido. 

Jesús, con todo el poder (y lo que ello conlleva) dado por el propio Dios; quien lo manda a la tierra, entre los hombres, a ser uno más, y a enseñar que Dios desea que la humanidad comprenda y decida elegir seguir sus pasos y encontrarse con Él.

Pero Jesús no es uno más. Es el Hijo de Dios. Es el propio Dios hecho carne y su propio Espíritu, quien llega a la tierra para cumplir un mandato muy claro. 

Y es que con ese poder absoluto, Dios se hace hombre a través de Jesucristo, y no deja de ser como un hijo más que cumple fielmente los deseos de su padre. En este caso, el cumplir con su propia voluntad, que es hacer que la humanidad lo conozca, lo interiorice y elija seguirle. 

Hay que ser muy obediente y amar tantísimo al padre, como para pasar por toda la agonía que Jesucristo pasó. Y más aún, que sabiendo por todo lo que tenía que pasar y cuál era su misión en la tierra, así como del poder que tenía, nunca hizo nada para su propio bien o beneficio, sino para la Gloria de su padre, haciendo cada día lo que el Padre le dictaba. 

No hizo nada para apartar todo el sufrimiento que le vendría dado, sino que más ahínco y devoción ponía.

Una vez hecho todo lo que debía hacer por la humanidad, y sentado a la espera de que lo sacaran para cargar la cruz donde sería clavado y terminaría su vida terrenal, se quedó pensativo, reflexivo; con una tremenda inspiración en el Bien y bendiciendo a su Padre por comprender que todo lo hecho era necesario. Lo mismo que era necesario lo que iba a venir y que terminaría con su muerte en la cruz. Pero eso sólo como hombre de carne y hueso. Solo como mortal entre el resto de mortales. Porque después de eso se haría la Luz ante todos, y regresaría a su Reino, siendo una sola persona junto a Dios y el Espíritu Santo. 

Aguardando el final de su misión, reflejaba (más allá de las heridas corporales, el dolor y la sangre derramada) una infinita humildad, misericordia, paz y bondad; que derramó hasta el final de su vida terrenal, y que lo sigue haciendo cada bendito día. 

Debe ser muy triste conocer que era una misión que nunca llegaría a calar en los hombres de manera firme e inquebrantable. Pero para muchos sí lo fue. Tantos y tantos que murieron por creer en Él y su Mandato Divino, y que hasta hoy en día se sigue creyendo. 

Pero esa convicción profunda llegaba más allá de conseguir que toda la humanidad creyera en Él. 

La convicción estaba en ser conocedor de esa Verdad y desear, con toda el alma, transmitirla a la humanidad. 

Jesucristo, el Hijo de Dios, el mismo Dios hecho hombre; vino para enseñarnos el camino a seguir, y a mostrar su disposición firme y llena del amor más absoluto, que le llevaría a morir en la cruz y a redimir todos nuestros pecados ante el Padre. 

Todo se tenía que cumplir como deseaba el Padre, incluso antes de la llegada de Jesús al mundo. 

Cada momento de la historia y sus diferentes personajes, iba mostrando un paso nuevo con el que se iba descubriendo la llegada del Señor. 

Nada sobró y nada faltó. De haber sido así, la voluntad de Dios no se habría cumplido.

Está en nuestras manos el elegir qué vida tener: si la que va en pos a Dios, o la que se aleja de Él. 

Más no lo podemos pedir, ni mucho menos exigir. Pero siendo cómo somos, por supuesto que siempre le pediremos y exigiremos. Eso nos indica lo poco que nos merecemos su paciencia e infinito amor. Pero, aún y con todo, ahí está siempre para nosotros y para lo que la Vida supone. 


Otra fuente: Gran Poder de Dios

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